Mi madre se fue con 44 años, le quedaba toda una vida por delante, pero la que vivió estoy segurísima que la disfrutó al máximo.
El día de su entierro, vino tanta gente que parecía famosa, vino toda la familia, amigos y personas que yo no sabía ni quienes eran...
Recuerdo perfectamente la ropa que me puse, unas mallas negras y una camisa a cuadros blanca y negra.
La gente se acercaba a mi y me decían constantemente frases ridículas: lo siento mucho... te acompaño en el sentimiento... A mi esas frases me entraban por un oído y me salían por el otro, yo sólo tenía la mirada puesta en una caja de madera y pensaba: ¿En serio mi madre está ahí dentro y ahí se va a quedar y ahí se va a pudrir..?
Mi abuelita, la madre de mi madre (La Pajarica de las Nieves) no paraba de llorar, ella tuvo seis hijos, de los cuales dos eran chicas; mi tía Encarnita, que un día enfermó y se puso amarilla. Y poco a poco fue perdiendo peso hasta fallecer. No tenía ni treinta años... Mi abuelita desde entonces ¡odiaba el amarillo! Y ahora perdía a su hija Virginita (mi madre). Entre llantos La Pajarica de las Nieves decía: Ya no me quedan mas hijas... Y yo pensaba: ¡qué duro que tiene que ser ver como tus hijas se van para siempre!
Llegada la noche, todo el mundo se fue a sus casas, de repente nos quedamos mi padre y yo solos en el piso de Reus, ahora era un piso vacío, frío, sin ruido... Pero estábamos tan cansados que nos fuimos a dormir.
Al día siguiente me desperté y lo primero que hice fue abrir la puerta de la habitación de mi madre, pero ella ya no estaba... Así que me fui corriendo al baño y abrí la puerta también, pero tampoco estaba ahí... Sólo estaba su radio, sus cremas, su laca, sus pinturas y todos sus perfumes. Cogí "Opium", su preferido, y me puse un par de gotitas en el cuello para poder sentir que estaba más cerca de ella, ya que nunca más la volvería a ver.
Escuché girar la cerradura de la puerta, fui corriendo a recibir a mi padre, que había ido a comprar churros con chocolate. Le di un abrazo que duró como un minuto y medio. Fuimos a la mesa de la cocina a desayunar y luego nos fuimos al sofá empachados a ver mi película favorita "Corcel Negro".
Mi padre se quedó dormido y yo volví a la habitación de mi madre, abrí la puerta otra vez, pero seguía sin estar ahí... Y ya sin esperanza alguna, volví al baño de mi madre, abrí la puerta y tampoco estaba... Y por última vez me puse dos gotas de "Opium".
Jamás he vuelto a ponerme perfume.
Mi padre se despertó de repente y me llamó desde el comedor, cerré la puerta del baño sin hacer apenas ruido, fui para allá corriendo y me dijo: ¡Nos vamos a Salou!
Fuimos a la feria en frente del mar, no era nuestro mejor día pero lo intentábamos. Antes de irme, como siempre hacía, saqué un patito. Y ésta vez, el regalito que me tocó se lo di a mi padre, junto con uno de esos abrazos que duran más de un minuto y que llevan amor del bueno.
Acto seguido mi padre me preguntó: ¿Que quieres hacer Bibi? Y yo le contesté: Volver al convento.
Acto seguido mi padre me preguntó: ¿Que quieres hacer Bibi? Y yo le contesté: Volver al convento.


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