De repente nuestra vida giraba en torno a un hospital, a una planta, a una habitación.
Mi padre se pasaba día y noche en el hospital, sólo iba al piso de Reus a ducharse, despejarse, comer algo...
Yo estaba en el convento otra vez entre semana y cada día que pasaba era una incógnita... Cada viernes me venía a buscar y me llevaba al hospital a ver a mi madre, yo tenía una acreditación que podía entrar con mi padre a esa planta, ya que era menor y los niños no podían acceder a ella.
A mi madre no le gustaba que fuera a verla, supongo que no quería que me quedara con ese recuerdo de ella... Me decía que se parecía a ET! Yo creo que lo decía para hacerme reír y quedarse con un bonito recuerdo de mi.
Los fines de semana siempre venía algún familiar a verla, así que mi padre y yo aprovechábamos para pasar un rato divertido juntos, nuestra vía de escape...Salou!
Íbamos a la playa para jugar y hacer castillos de arena, bañarnos en el agua del mar y olvidarnos de todo; algunas noches salíamos a dar una vuelta por la feria que había en frente de la playa, nos subíamos al saltamontes, al martillo, a los auto de choque, comíamos helado, algodón de azúcar rosa y siempre antes de irnos, yo tenía que sacar un patito de plástico amarillo con un palo, como si lo pescaras y depende del número que tuviera te daban un regalito, el cual yo se lo regalaba a mi madre al día siguiente y le contaba lo bien que lo había pasado en Salou.
Ella un día se quitó la mascarilla de respirar y me dijo, lo que me da más rabia de irme, es que me voy a perder como creces, como te haces mayor! Yo me quedé sin palabras... Sólo le pude dar un besito y un abrazo de esos que llevan amor del bueno.
Los médicos le dijeron a mi padre que ya se podía ir mi madre a casa, porque no había nada que hacer, sólo descansar en paz.
Así que un veintiséis de octubre, a las cinco de la madrugada, mi mamá se fue para siempre.


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